Parejas, la esquiva fidelidad y la locura resultante, son temas que Philippe Garrel ha desarrollado en su cine de la última década. Sí, puede ser que Amantes por un día (L’amant d’un jour, 2017) sea una obra menor dentro de la filmografía del realizador francés, pero tiene su legendaria firma: narrador en off, algo de autobiografía, caminatas nocturnas, conversaciones reveladoras, muchos primeros planos, un baile y el granulado celuloide en blanco y negro. Es decir, 100% Garrel.

En los primeros minutos podemos ver a Jeanne (Esther Garrel) llorar desconsoladamente en la calle tras el fin de su relación y la única persona a la que puede recurrir es su padre, Gilles (Eric Caravaca), quien comparte departamento con su novia, Ariane (Louise Chevillotte). Una pareja clandestina entre un profesor universitario y una de sus estudiantes, es decir, con una joven de 23 años, edad similar a la de su hija. Tres personajes que pasarán del amor al desamor -de pareja, de familia, de amigos-, con una complicidad que atraviesa la pantalla.  ¿Qué es la infidelidad? “Es una palabra como cualquier otra. Algunas personas le son fieles a cosas que a otras le son indiferentes”, responde uno de ellos.

Aunque son mucho más jóvenes que el amante/padre, las mujeres tienen las cosas más claras y llevan la historia. La novia es pura pasión, por eso cuando Gilles le dice que pueden tener una relación abierta ella toma el control y se transforma en una “amante por un día”, mientras que para él sí podría tener consecuencias. Muy diferente es la hija, que es puro sufrimiento pero entiende muy bien que es un estado transitorio y que acabará tarde o temprano. Otros hombres -ex parejas, amigos y amantes ocasionales- aparecen de forma muy plana, como un relleno necesario.

Pero hay temas que no deja de lado, como lo social o político, aunque sea en conversaciones al paso. Tampoco el cine como algo familiar, con el primer protagónico de su hija Esther –a quien vimos en la premiada Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017)-, después de trabajar muchas veces con su otro hijo, Louis. O el guion, firmado junto a nombres que se repiten en su obra: Jean-Claude Carrière, Arlette Langmann y su pareja, la realizadora Caroline Deruas (L’indomptée), con quien visitó Santiago el 2017 para realizar una charla en la que aseguró que filmar en blanco y negro es su ideal.

Esther y Philippe Garrel – foto: Guy Ferrandis

Amantes por un día es el fin de una trilogía sobre la infidelidad (¿o la reconciliación?) que comenzó con La Jalousie (2013) y siguió con L’ombre des femmes (2015),  producciones para las que puso algunas reglas: menos de 80 minutos de duración, muchos ensayos, cada escena filmada en una sola toma y un rodaje total de un máximo de 21 días.

Un ejercicio que, pese a su aparente austeridad, contó con la fotografía de otra leyenda, Renato Berta (Louis Malle, Claude Chabrol, Manoel de Oliveira), muy inspirada al momento de retratar rostros, cuerpos, conversaciones nocturnas y cada espacio en el departamento que es como otro personaje más, es decir, los momentos más íntimos de la naturalidad intensa que muestra. Lo mismo en la música de Jean-Louis Aubert -compositor presente en los dos títulos anteriores-, con un piano que aparece sin estridencias y cuando es muy necesario.

La Mejor Película de la Quincena de Realizadores de Cannes 2017, es una de las pocas de Garrel que pasan del circuito cinéfilo al comercial en Chile. Nada mal para un título que puede servir como una introducción a un autor que, quizás, se quedó pegado en la Nouvelle Vague, movimiento al que llegó en su adolescencia con Les enfants désaccordés (1964), con un estilo propio que a los 70 años le permite seguir entregando historias como esta: simple, sin culpables, atemporal y muy universal.

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